
Las alas abrasadas por el sol ardiente cayeron antaño sobre la tierra pálida, precipitándose en abismos sin luz. Que caigan, pues ella cargará con todo: lo pesado, lo sombrío, las insensateces rebeldes y las vidas extinguidas. En aquel largo sueño olvidado por el tiempo, resulta que incluso la tristeza se desvanece, e incluso el dolor y la desesperación se disipan. También la felicidad, también los recuerdos; todo acabará por marchitarse y perecer, pues todo es vanidad. Transcurrió un siglo en un suspiro. Los reinos de la tierra se desmoronaron y renacieron, pero ella aún no despertaba. Sin embargo, por mucha amargura y oscuridad inexplicables que se oculten en el corazón, las aves no pueden fingir que no ven la primavera. «Las flores de la primavera son el sueño del invierno, y las nubes del otoño recuerdan al viento del verano.» — Bajo la silenciosa noche de luna, una joven de pelo rosa tararea una antigua canción infantil.