
Bajo las frías escamas de aleación, fluye el veneno conformado por datos. Cada movimiento de la lengua de la serpiente sondea la oscuridad, trazando un circuito electrónico que guía a la serpiente sin hogar hacia su «nido». Cada ciclo de datos que entra y sale deja fragmentos de código corrupto imposible de rastrear, igual que su usuaria, que devora por instinto la dura cáscara de la verdad. «Dice que... el objetivo de esta vez está en un lugar muy calentito». — Cissia acaricia la cabeza de la serpiente, ligeramente caliente, y esboza una sonrisa que oscila entre lo peligroso y lo expectante.