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Evaluación psicológica anómala, incorregible. Por más que agachara la cabeza, por más que llorara desconsolado, nada podía cambiar el destino escrito en su sentencia de muerte.
Hasta que llegó la caída de la antigua capital. Las Cavidades devoraron la ciudad y pisotearon el orden. Las reglas quedaron mudas, el bien y el mal se invirtieron, y en medio del caos logró escapar de prisión. Abandonó su nombre y su identidad, se paró en el centro del amanecer teñido de sangre y gritó con todas sus fuerzas: «¡Gracias, Cavidades!».
Las Cavidades no solo crean monstruos, también liberan ciertos horrores de su confinamiento para que ya no tengan que esconderse. Creyó que de ahora en adelante podría actuar con impunidad, pero Nueva Eridu tampoco acogió con los brazos abiertos al carnicero sin nombre.
Terminó en la Periferia, donde trabajaba como Barrendero contratado por las grandes bandas y disfrutaba de su infamia. Le encantaba la sensación de dominar la vida ajena y se deleitaba en los momentos de dolor de carne y hueso. Por eso aceptaba con frecuencia los trabajos más sucios e incluso participaba en luchas entre bandas para saborear el dulzor oxidado de la sangre.
Su deseo sádico nunca se satisface, y la identidad de Barrendero tampoco logra llenar el vacío.
Por eso aceptó de buen grado el contrato de TOPS, que le otorgó el privilegio de «limpiar» a humanos. Nunca registra nombres, nunca conserva recuerdos. Para él, solo las manchas de sangre son reales; todo lo demás carece de importancia.
«Cuando acepta trabajos se queda callado, pero cuando cobra siempre sonríe». «Y esa no es la sonrisa de alguien que terminó su trabajo, es la sonrisa de alguien que todavía tiene hambre».